Cartas del director

La Feria de la Vida

Suenan clarines y pasodobles en la Maestranza, templo de templos del arte de Cúchares. Amparito Roca para abrir boca, Churumbelería y La Puerta Grande con naturales de una franela roja que hacen soñar gracias a la batuta de un juego de muñecas. Suenan Suspiros de España por vez primera para un joven gallardo que sueña con ser Figura y para el Maestro que ya se retiró y ve la vida y la muerte pasar desde un sillón de tendido, torero en la reserva, porque los que lo fueron nunca dejarán de serlo. El que es torero lo será siempre. Tercio de Quites para un matador que decide poner banderillas asomado desde lo más alto del balcón del morlaco y para el vendedor de almendras, el arenero, el monosabio, el puntillero, el picador, el banderillero, el aguacil y el portero, el acomodador y el vendedor de almohadillas. Manolete o Pepita Greus, Nerva o Cielo Andaluz, España Cañí o Ragón Falez...  Llegan Abril y su Feria y Sevilla es una locura, una explosión de colores y buenas energías, un estallido vital. Sevilla huele distinto y a flores, como señora señoreada y presumida que es. Envuelta en el olor de manzanas caramelizadas y de algodones de azúcar o garrapiñadas que entusiasma a los niños de ahora y a los que lo fuimos alguna vez. Llega Abril y en el Real vivimos la más bonita alegoría que existe de la vida. La vida es hoy, es fiesta y es efímera. El Real es una ciudad efímera, como la vida. En ella la vida se funde entre mañanas de paseos caballares y de “malas noches” de euforia, fiesta y cantes por derecho. Vamos a la Feria a vivirla, a beberla y a lucirla. Sevilla con su Feria nos enseña la parte más hermosa de la vida, al menos la que menos problemas nos plantea, la lúdica, la de mente burguesa por la que esto no es un valle de lágrimas... Pero es efímera... Tomemos la Feria como referente para nuestra vida. Señores, aquí no se queda nadie. Cuando digo nadie es nadie. Alzo mi copa de manzanilla de Sanlúcar, servida muy fría, para brindar por la vida que es como no me canso de decirle, efímera; con fecha de caducidad, pero maravillosa, por muchos adoquines que tengan sus calles con lo incómodo que son para caminarla por lozanas flamencas desde Pascual Márquez a Juan Belmonte, desde Curro Romero a Pepe Luis Vázquez, desde Bombita a Antonio Bienvenida. La vida es un paseo de caballos que pasa ante nuestra mirada cada vez de una forma única e irrepetible. No hay dos paseos de caballos iguales, ni dos caballistas idénticos, ni dos oportunidades calcadas para nada en la vida. No existe una segunda oportunidad para una primera impresión. Levántese de su silla de enea, salga a la altura de la pañoleta de su caseta y participe de este espectáculo que es la Feria de la Vida y vívala como si se acabase para siempre. No olvide que estamos de paso, que todo esto es un gran decorado con toldos de rayas, una gran Feria de Abril por grande que se compre el Cohiba para encender en la barrera y escuchar El Tío Caniyitas o Chiclanera, Lagartijilla o Serva La Bari  entre trincherazos, molinetes, firmas, pases de pecho o estatuarios. Aplauda, guarde silencio, brinde, baile desafiando al alba, incluso bajo la lluvia; beba, ría, llore, cánsese, pero viva por lo que más quiera, que la vida es una feria más o menos duradera, con sus verdades y sus mentiras. La vida es un aplauso a una buena brega de unos subalternos y de un justo picador. También es la vida un abucheo del respetable cuando se intenta despachar a un toro noble que embiste con la armonía de una avioneta.  El toro, otro gran maestro, el que más vergüenza tiene de toda la plaza. Acicálese, vístase de abril, coja el clavel reventón o el del señorito para su solapa, vaya  a la Feria de la manera que pueda o quiera y empápese de su moraleja y de su maná vital. Disfrute de esta Feria de Abril que desaparecerá antes que vuelva a cantar el gallo y no volverá a volver por espectacular que sea su cinco a la larga, cuarta calesera, limonera o media potencia. Brindo por ello, ¡por la Feria!, ¡por la vida!

 

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