Cartas del director

Lecciones de amor

Vivo en un afán fatigoso en búsqueda de la verdad, de lo auténtico, de la pureza en mis sentimientos, en mi entorno, en mi vida. Como entenderá no me lo pongo nada fácil. Quiero vivir instalado en la verdad, desechando por tanto la mentira en la medida de lo posible. Me cansa la mediocridad de una sociedad hipócrita atada y sumisa ante unos cánones inventados para ser unos más que otros. La Semana Santa la entiendo como un baño de verdad pues qué es la vida de este bendito “Loco” que se hizo mortal para hacernos inmortales sino una verdad desgarradora, en esencia pura. Cuando nos creemos cansados de darnos, Él viene a darnos la mayor lección de amor de todos los tiempos. ¿Qué es sino amor, consuelo y refugio lo que sentimos cuando besamos su talón en San Lorenzo? Siento que vivimos días de falta de lealtad, de fidelidad, de comodidad, y nadie mejor que Él sabe de esa lacra intrínseca al ser humano, débil, vulnerable y miserable, pues hasta quienes prometieron morir por su Palabra y se sentaron a su mesa le negaron tres y mil veces. La Semana Santa, por encima de la pompa y el boato, es una gran lección de amor. La Virgen fue una niña, pobre, rodeada de miseria y en Ella, contra todo pronóstico de lo establecido, se fraguó la mayor hazaña de amor de la historia de los hombres. Ella, Reina de cielo y tierra, conquistó el mundo y lo cambió con una verdad tan sencilla como inalcanzable. Lo cambió ante la incomprensión de su sociedad, de su tiempo, incluso viviendo situaciones que la tentaban a dudar con toda lógica. Nadie como Ella supo de lealtad, de fidelidad, de entrega, de valor. Me gustan los cofrades que ven más allá de mantos y sallas, de palios y marchas, de igualás y politiqueos absurdos de gente mediocre que utilizan las hermandades como trampolín social, para saldar sus carencias personales tras escudos de solapa. Me gustan los cofrades que pegan los tiros más largos y ven al Jesús de Nazaret más actual que nunca y ven más allá en toda esta parafernalia que nos embelesa y llena nuestras arcas turísticas. Jesús es una revolución. Benedicto XVI lo resumió en su primera epístola de manera brillante: “Dios es amor”. Sus palabras, sin engolamientos, están empapadas de verdad y de amor hacia los hombres. Revolucionó un imperio poniendo la otra mejilla porque su Reino es de otro mundo y a ese mundo es al que tendríamos que aspirar los cofrades en estado puro. Vivimos días magníficos para sumergirnos en la verdad que detrás de todo esto se esconde. Tengo un amigo que es genial, cura de pueblo que, aunque se muestra mundano, cala con su palabra y sus hechos más que muchos beatones mitrados y no mitrados más escrupulosos en sus formas. Me cuenta con mucha gracia la anécdota de una feligresa de su parroquia. A esta señora señoreada le cuesta un imperio dar los buenos días, las buenas tardes, las gracias y pedir por favor. Mi amigo el sacerdote la castiga con carácter pedagógico en su empeño de enmendarla y hacer florecer en ella sentimientos más nobles. El colmo es cuando ella se le queja cuando comulga porque al darle la comunión le da un trocito de la Sagrada Forma más escuálida, minúscula, que al resto. Ella se lo hace saber, lejos de medirse y ser prudente. Entonces él con la gracia de cura de pueblo del Condado de Huelva le suelta: “Señora, usted ha venido a comulgar no a cenar”. A veces ella se camufla en la cola para ver si recibe mejor trato porque sospecha que no es casualidad. Al parecer es más considerada, se ha parado, ha salido de su yo, mí, me, conmigo y ya se porta mejor con sus vecinos y entorno y mi amigo el cura no escatima en darle una ración mayor de la Sagrada Forma. Ella estaba centrada en el tamaño de su comunión y mi amigo en humanizarla. Él desde su imperfección va al fondo y a la esencia de todo esto. Le invito en estos días de cuaresma a sumergirse en la lección que nos viene a dar cada primavera el Primero de los Hombres y la Primera de las Mujeres de todos los que han existido.  Vivamos el silencio que tanto nos dice cuando le prestamos atención, vivamos en la intimidad de nuestra fe el encuentro con la verdad verdadera de la vida para amarnos, ser amados y para hacernos la vida más fácil, porque la verdad como el talento se genera en la intimidad. El Silencio es un grito de amor a manos llenas en una madrugada de contrastes, pero sobretodo es un grito de la verdad que nos hará libres. Es un grito de Esperanza. Busquemos la reflexión sintiendo el silencio en la soledad de la cruz del Mejor de los nacidos  cuando pocos le creían frente a un Imperio “abarrabasado”. Le invito a vivir estos días, traspasando los envoltorios con sabor a miel y canela, traspasando rituales de triduos, quinarios y septenarios, de capirotes, pavías, revirás y bandas, de recorridos y cabildos, de montajes, estrenos y puestas de flores, para sentir cada instante, cada estampa, cada minuto de estos días de gloria como entiendo la Semana Santa y la propia vida de quien nos la dio. Sintamos con los ojos abiertos de par en par todo esto como unas lecciones de verdad y de amor. Si no tenemos amor de nada serviría ni el primero de los ruanes. Todo lo demás es efímero y una metáfora de una única verdad.

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