Cartas del director

  • Mi obra maestra

    Arturo y Renzo, un galerista de moralidad flexible y un pintor huraño en decadencia, son los protagonistas de la película argentina dirigida por Gastón Duprat titulada Mi obra maestra. Una tragicomedia súper recomendable con mucho humor, del que hace reflexionar sobre lo serio de la vida y con un fondo para manejar eso que llaman la inteligencia emocional. Llegué a ella gracias a Netflix en un receso de mi expedición a Bariloche, en la Patagonia, en una cabaña a los pies del Lago Morenito. Y nada es por casualidad. Tenía cero inspiración, a pesar de lo idílico del lugar, para afrontar este ventanal de ideas que abro cada mes. Mi obra maestra me dio la clave. Redacto esta carta, como siempre cuando anuncia nuestro maquetador "última llamada" a punto de entrar en imprenta este trabajo de equipo mensual, esta vez desde mi habitación de hotel en Palermo, Buenos Aires. La vida está muy condensada en esa película en esencia. Un pintor brillante que vive su ocaso que luego no es tal, ¿quién no vive su "ocaso" para acabar remontando el vuelo? Un galerista de dudosos valores, pero que resulta ejemplar en estos en la práctica y enmarcados en una realidad banal, frívola, materialista que fondea sobre verdades, carencias, triunfos, sobre la imperfección que es la realidad, la vida. De esa película saco varias conclusiones. Ni los malos son tan malos, ni los buenos son tan buenos. Ni lo obvio es matemático, ni lo imposible, para nuestros ojos de superficie, inalcanzable. Entre risas he encontrado en esta película, como en la vida misma, las situaciones más tristes y en momentos lacrimógenos las escenas más cómicas. Esta película y mi carta son una invitación a vivir y analizar la vida sumergidos más allá de lo que nuestros ojos ven a primera vista. Llegaremos a la verdad, al fondo y estaremos más vivos, más conscientes. Ponga por delante el corazón a riesgo de que se lo partan. Cuando gana el corazón nadie pierde. Es la única batalla en la que todos ganan. Quizás pierda la razón, pero tampoco es tan importante. No se escandalice. No tenemos tiempo. La vida son veinte minutos largos. Después de vivir veinte desengaños, ¿qué importa uno más? Hay que vivir el momento feliz, como dice Arsenio Rodríguez, "hay que gozar lo que puedas gozar, porque sacando la cuenta final la vida es un sueño y la vida se va". Si para ello tenemos que desdecirnos y rectificar ese camino inicial que elegimos, hágalo. Como decía Winston Churchill: "A menudo me he tenido que comer mis palabras y he descubierto que eran una dieta equilibrada". La vida tiene ese amargor que la hace interesante, que nos mantiene alertas, póngale ganas y paciencia que es amarga pero el fruto es dulce. Que se lo digan a los protagonistas de la galardonada película española "Campeones" y al actor con discapacidad Jesús Vidal (Premio Mejor Actor Revelación) que nos metió a todos en sus bolsillos con aquel "Te quiero todo", que pronunció en su discurso de los Goya y que nos dio una lección de vida a España entera. La frase que me levantó del sillón: "A mí sí me gustaría tener un hijo como yo, porque tengo unos padres como vosotros". Acabo mis palabras con un brindis al Cielo. Toda Sevilla habla de lo mismo. Ha muerto Rafa Serna. "Ha muerto de sevillanía". Todas las mañanas escuchaba su Himno de la Coronación de la Virgen del Rocío a modo de oración para pedir por él. El Señor de la Sentencia lo ha reclamado para que le haga Su guardia en el Cielo de los Macarenos. Por lo que incluso esta derrota física es un triunfo para quien dejó claro, pregonado como un ángel "imperfecto" y por escrito de forma sublime, su firme confianza en un Reino donde descansan las buenas personas. Agarrado al clavo de la Esperanza nos dio en vida un ejemplo de ésta. Todo lo ha dejado dicho. Todo lo ha dejado hecho. Los grandes nunca mueren, porque habrá quiénes empiecen a conocerlo después de muerto, contagiándose del amor a Sevilla que con sus letras inmortales emanó con ríos de tinta. Dejas a "la ciudad de los sueños" rota de dolor, pero feliz de haberte conocido y disfrutado, porque sin saberlo formabas parte del patrimonio inmaterial de nuestra Sevilla. Hoy está triste hasta quien ni te trató y eso es síntoma del alcance de tu obra maestra que fue tu vida entera. Cada vez que nos tomemos una cerveza en el Salvador o en la Fresquita, tus parroquias de cabecera, serán brindis al cielo por ti, un guiño al cielo de los sevillanos. Descansa en paz y pídele al Señor por nosotros, porque nos hacéis falta ahí arriba. ¡Hasta siempre, Maestro! ◉

 

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