Entrevista a

Juan José Padilla

Juan José Padilla

Está cosido a cornadas por un sueño logrado. Las entiende como medallas de guerra. Vive una vida familiar en una bonita casa en Sanlúcar de Barrameda, rincón gaditano donde conviven botas de buen vino y caballos que galopan a lomos de la bajamar entre coquinas y almejas. Este año abrió de par en par la Puerta del Príncipe del coso maestrante y ha cosechado éxitos y salidas triunfantes de Norte a Sur por toda la geografía española. Nos recibe el día antes de torear en Algeciras. Le cogemos tranquilo, bañándose en la piscina con Martín, su hijo pequeño. Quiere ser futbolista para su tranquilidad. Detrás de este gran gladiador me encontré con un niño que sigue soñando con ser grande entre los grandes del reino del toreo.

¿Cómo era Juan José en su más tierna infancia?

En mi infancia, la verdad es que era un personaje rebelde, revoltoso, un niño atrevido, inquieto. He sido un niño con muchas inquietudes. Me gustaba siempre las aventuras. Mi infancia la recuerdo muy feliz. He sido un niño con un padre y una familia que siempre me ha apoyado en lo que he querido. Ha significado mucho mi familia y haber tenido una infancia feliz rodeado de hermanos. Somos siete hermanos. Soy el tercero de ellos. Cada uno es de una forma, con momentos en los que son insoportables y momentos en los que somos muy felices. Son una parte importantísima de mi vida.

¿Quién es Juan José Padilla?

Es una persona que ha luchado mucho siempre por unos retos. Vive felizmente con lo conseguido, con más de lo que jamás hubiera pensado. Ha sido un humilde panadero que siempre ha luchado por una profesión dura pero muy bonita y ha tenido la suerte de triunfar en ella. Es el padre de dos niños maravillosos y el marido de una gran señora. 

¿Qué diferencia a un torero andaluz de uno que no lo es en el ruedo?

Se dice que el toreo andaluz tiene un pellizco diferente. Yo creo que el toreo tiene un gran abanico de matices que enriquece la fiesta. De Despeñaperros para arriba se habla del toreo castizo. En el Sur se entienden otras expresiones más profundas, más frescas. Técnicamente es más artístico, con otras salidas y entradas delante de la cara del toro. Vivimos un momento de muchísima variedad en el escalafón y de muchísima verdad.

¿Si le digo Jerez?

Me viene mi tierra, mi infancia, el flamenco, la cultura... Jerez es mi sangre. Vivo en Sanlúcar de Barrameda porque me siento aquí muy a gusto. Es mi tierra adoptiva. Este pueblo me ha acogido con mucho cariño y le estoy tremendamente agradecido por el cariño y por el apoyo que siempre me ha brindado. Jerez son los momentos más bonitos de mi infancia.

¿A qué tiene miedo?

A muchas cosas. Soy una persona con muchos miedos. En esta profesión se tienen muchos miedos: Al toro, a los imprevistos, a no estar a la altura de la afición. Le tengo miedo a defraudar a mi familia, a los míos. Tengo miedo a fallarle a quien cree en mí.

Está cosido a cornadas, ¿son heridas o medallas de guerra?

Son condecoraciones. Medallas. En el Toreo hay que pagar este tributo. Así está escrito. En el Toreo se sufre de verdad, se triunfa de verdad. Es un mundo lleno de verdad. Todos los toreros han pasado por esas circunstancias, la etapa de los percances. Hay que asimilarlos y afrontarlos. Se siente un gran orgullo cuando uno se vuelve a poner delante de la cara del toro porque ha superado la anterior. Hay cornadas que te quitan el sitio y recobrar ese sitio y la confianza delante es muy difícil. Es el pago que tenemos que hacer por esas tardes de gloria que también llegan.

El 16 de abril de este año abrió de par en par la Puerta del Príncipe de Sevilla, ¿qué se le pasó por la cabeza?

Los sueños se cumplen. Cuando mi hermano Jaime me llevaba a hombros, al llegar a la furgoneta, miraba hacia atrás para dar las gracias y para pedir porque todos luchen por sus sueños porque los sueños se cumplen. Sentí aquella tarde cómo el toro respondía, el público se entregaba, la música empezaba a sonar desde el principio de la faena... El clima me decía que sería una tarde importante. No se me podía escapar. 

¿Pensó alguna vez en tirar la toalla?

Sí, muchas veces. He vivido momentos muy difíciles. Te diría que casi que llegué a tirarla muchas veces. Nunca he llegado a soltarla. Acababa quedándomela siempre en las manos. He vivido grandes tardes en las ferias del Norte y he tenido cabida en grandes ferias de relevancia. Todo aquello se fue de golpe en Huéscar un once de agosto. Un toro me reventó el duodeno contra la columna vertebral. Estuve cinco meses retirado. Pensé que nadie se acordaría de mí. Ese tiempo de recuperación me llegó a poner en duda si debería o no volver a los ruedos. Esa capacidad de esfuerzo, de lucha, te hace volver a la pelea. El sufrimiento es parte de la gloria. Para conseguir la gloria hay que sufrir.

¿Merece la pena arriesgar la vida por un momento de gloria?

Sí. Sí, porque si no la arriesgas, si no arriesgas en la vida no puedes triunfar. En esto y en todo en la vida. Soy de las personas que piensan que hay que apostar y nunca quedarse con la duda. La vida pierde mucho sentido.

¿Qué papel juega la fe en su vida?

Muchísimo, porque me saca de muchas lagunas y yo he vivido lagunas muy profundas. He vivido momentos muy duros, muy difíciles y, apoyado en la fe, se siente mucha paz, tranquilidad y confianza para superar las dificultades. Aquí estoy contigo haciendo una entrevista. Me costaba pensar hace cinco años que llegaría a este momento así de recuperado y no con dos metros de malva por encima... Psicológicamente fue un trance durísimo, sin tener la certeza de que me recuperaría del todo y podría volver a torear. Apoyado en Dios y entregándote a Él cambian las circunstancias. La fe y el esfuerzo me han ayudado incluso en los momentos en los que me ha puesto muy a prueba. La fe me hace sentir tranquilo.

¿Es amigo del silencio?

No puedo decirte que lo sea, porque desde el percance mantengo un acúfeno en el oído izquierdo que creo que será de por vida. No conozco el silencio. No sé lo que es el silencio. No llega a perturbarme ya, al principio sí, me creaba ansiedad. Llegas a entender que tienes que vivir con él. No soy la única persona que tiene esto en el mundo y vivo feliz.

¿Qué se le pasaba por la cabeza camino de la enfermería?

Muchísimas cosas. En segundos la vida te cambia radicalmente. Cuando un toro de más de quinientos kilos te coge como a un trapo y por donde te puede calar con los pitones te destroza es una sensación muy inquietante. Piensas que puedes morir en ese momento aunque confías en las manos de los cirujanos, con una cirugía cada vez más avanzada en las últimas décadas, confías en tus banderilleros que te van a socorrer, confías en Dios y te pones en sus manos...

¿Ha hablado alguna vez con un toro?

Muchas veces (sonríe). No se puede mantener una conversación normal pero le hablo siempre y le mimo. Te comunicas con él. Le hablas de bonito, te llegas a olvidar del mundo y sólo está la comunicación entre el toro y tú.

¿Cómo le gusta más el toro, en el silencio del campo o en el estallido de voces y aplausos de una plaza?

Para mí tienen una importancia similar. Para mí estar con un toro en una dehesa, con los campos verdes, con sus hermanos, con árboles implica una magia especial. El toro en la dehesa, a pesar de su fiereza, su bravura fuera de lo normal y corpulencia, está pacífico. Es como una pintura. En la plaza es donde arranca la emoción, con su fiereza, su galope, su acometida, su entrega...

¿Si no hubiese sido torero qué hubiese sido?

Panadero, seguro. Era mi profesión familiar. Mi padre era panadero y yo le ayudaba a repartir por los barrios de Jerez. Tenía mi clientela. Después de tomar la alternativa dejé mi panadería. Si no hubiese triunfado hubiese vuelto a mi furgoneta a repartir pan. 

¿Para qué se vive?

Se vive para disfrutar de las oportunidades que nos da  Dios. Él nos da una existencia para que hagamos algo con ella, entre otras cosas disfrutar la propia vida. Yo quería crear una familia, disfrutar de los placeres de la vida, de mi familia, de mis amigos.

¿A quién admira?

A toda persona que tenga una gran capacidad de esfuerzo. Admiro a quienes son perseverantes, luchadores, a quienes pelean por sus sueños, a quienes afrontan sus retos personales con entereza. Admiro a mucha gente anónima que lucha cada día por ser feliz y por conseguir sus metas. 

¿Tiene una receta para ser feliz?

No la hay. La vida es una caja de sorpresa cada día. Te podría decir que me ayuda mucho la sonrisa de mis hijos, la mirada de mi mujer, la cercanía de mis padres... Ese contacto familiar, evitando la soledad, porque no me gusta, me hace ser feliz.

¿Está loco?

Pues parece ser que sí. Creo que yo mismo lo he reconocido. Los toreros somos unos locos maravillosos. Los toreros, las figuras del Toreo, para asumir estos compromisos tienen que estar un poco locos.

Por último, ¿podría confesarme algo que nunca haya confesado?

Si es inconfesable no te lo puedo confesar. Soy una persona muy abierta que no tiene ningún tipo de secreto.

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