Entrevista a

Toni Benítez en su patio

Toni Benitez, modista

Nació viendo flamenco pero la Alta Costura fue su destino. Empezó vendiendo botones y regalándolos a los grandes para beber de primera mano de la fuente de los genios en los años dorados de la Moda. Recuerda con nostalgia sus años vistiendo a la elite de todo el Reino y a gentes de todo tipo, pues a todos dio un trato igual. Habla con mucho cariño de sus años trabajando para la Familia Real de la que se reconoce un gran admirador y defensor. Sencillo y humilde vive la veteranía desde la atalaya de su espléndida casa en pleno corazón de Sevilla, con ventanas y balcones que dirigen sus suspiros a su vecina más internacional, la Giralda. Nació en Sevilla y en Sevilla quiere morir, pero es Sevilla la que muere con él. Mucho se deja en el tintero y mucho le queda por hacer. La gente le quiere. Mientras hacemos la entrevista perfila un diseño de una flamenca. Además de una grandísima persona, nadie niega que es uno de los grandes que quedan entre nosotros. Toni Benítez es su nombre.

 

¿Cómo era Toni Benítez en su más tierna infancia?

Divertido. Travieso quizás no mucho pero divertido.

¿Cómo se dio cuenta que la moda era su mundo? me contó una vez cómo dibujaba los escaparates para después imaginar cómo los montaría...

A los cinco años, muy niño. Yo empecé a diseñarle a mi madre. Mi primer diseño se lo dio a una modista y tanto le gustó que lo estrenó un Domingo de Ramos. Los escaparates de Cerezal en la calle Cuna de Sevilla me despertaban interés. Mi padre tenía una consulta de practicante cerca, en la calle Lagar, y yo pasaba diariamente por aquel escaparate. Yo en aquella época era practicante del padre de Pepe Cerezal. Cada vez que veía el escaparate, lo dibujaba para luego yo transformarlo. Tendría dieciséis años.

¿Cómo fueron sus comienzos?

Yo comencé sin saber qué comenzaba. Cuando yo dejé de ser ATS y me fui a Ginebra, Suiza, se me despertó la curiosidad de la Moda y empecé a ofrecer en las tiendas mis dibujos de escaparates por si alguna vez querían llevarlo a cabo.

¿Era Sevilla una fuente de inspiración?

Yo creo que Sevilla es una buena fuente de inspiración para todo. Para pintores, artistas, bailaores, toreros… Sevilla tiene mucho embrujo.

¿Cómo ha cambiado España?

¡Uy! ¡Cállate! Muchísimo… Era una época fácil para todo, para todo el que tenía un poco de valor y algo de pellizco. Había que ser educado para empezar. Yo no digo que lo sea pero sí que abre muchas puertas. El ser correcto, estar en tu sitio y no pasarse nunca del lugar de cada uno. Eso se lo digo yo mucho a los jóvenes que salen ahora. Ahora corren mucho y cuanto más corran antes se caen. Los jóvenes corren muchísimo y yo siempre digo que aunque se tenga aprendida una profesión no pueden con la primera colección que pasan ponerse la etiqueta de alta costura. Hay que esperar y ver mucho de los demás. Beber de los grandes. Ver muchas revistas para saber quién fue Balenciaga, Pertegaz, Dior, Rodríguez, Elio… Después de eso coge uno una idea propia y crea un estilo. Sobre todo hay que ser muy humilde en nuestra profesión.

¿Qué trabajo le ha marcado más?

Si te digo la verdad, todos. El tiempo que estuve trabajando en La Zarzuela lo echo mucho de menos y lo echaré mucho de menos hasta que me muera. El trato que tenía allí y como me atendían. Era maravilloso el trato que me dio siempre la Familia Real. Yo siempre traté por igual a todas mis clientas. Lo mismo a la mujer del médico que a la que trabajaba en una oficina. No porque fuese marquesa, que tuve muchísimas clientas, las trataba mejor. Trataba a todas divinamente. 

¿Puede contarme alguna anécdota que recuerde por cariño?

Recuerdo a una señora de un pueblo de Madrid. Entró en mi taller y me dijo que quería que le hiciese sin que lo supiera nadie el vestido de novia a su hija porque la que tenía mi contacto del pueblo no le quería dar la dirección. Me dijo que había ganado mucho dinero con la recogida de melones y que lo quería invertir en el traje de su hija. Me quiso dar un millón de pesetas de la época. Me negué y le dije que cuando terminásemos le daríamos la factura. Ella me dijo que si no sería más y yo le dije que seguro que menos de la mitad. Otro en mi lugar no sé qué hubiese hecho pero por su verdad al hablar quizás la traté mejor que a alguna conocida. Sería hace unos treinta años. No lo olvido.

Si no hubiese sido modista, ¿qué hubiera sido?

Pintor… ¡No! Hubiese sido bailaor. A mí lo que me gusta es el baile. Me encantan las bulerías. Me gusta el baile puro, el que aprendí cuando yo iba al “Guajiro”. La mejor sala de fiestas que ha tenido España. Cantaban las hermanas España, las Rodríguez, bailaba Farruco, Matilde Coral, Manuela Vargas, Carmen Carrera… ¿qué te voy a nombrar? El elenco más grande que ha dado el flamenco. Tu padre iba al Guajiro.

¿En que momento ve la moda española?

No lo ve malo lo que ocurre es que no es un buen momento económico. Hay mucha inspiración. Lo que ocurre es que la costura, costura, está muy difícil. La medida es cara y pocos se encargan ahora cuatro o cinco trajes por temporada. Están las grandes tiendas que abaratan los tejidos y la confección es industrial, pero no es lo mismo. La inspiración si vive un buen momento.

¿Quedan artesanos?

Quedan pocos pero muy buenos. En Sevilla, con los dedos de una mano. Creo que debería haber escuelas de aprendizaje de sastres y sastras. Cuando tienes que enseñar a niños y niñas, como me pasó a mí, me multaron por no ser algo oficial. Hay que crear una escuela de sastres y modistas.

¿Cómo fue la alta costura que conoció siendo representante de botones?

La mejor. Con mucho orgullo la mejor. Yo siempre he dicho con mucho orgullo que antes de ser modista y diseñador fui representante de botones. Algunos se han asustado por decir que empecé vendiendo botones. Me fui de esa manera a los grandes y a tiendas como Rango que estaba en Madrid y que las señoras de mi edad lo recordarán. Conocí a Pertegaz, Rodríguez, Elio Berhanyer, Natalio, Lino, Vargas Chavarría… Yo les daba los botones gratis a cambio de que me dejaran verles hacer una prenda. Ellos me dejaban colocarle los botones. No era fácil, no pero fue maravilloso. 

¿Cómo era el trato entonces en esas casa de alta costura?

Yo iba a mi trabajo. Siempre guardé la distancia profesional para hablar con los grandes. El usted siempre, cuando empiezas y cuando eres un veterano. A mis empleados y a mis clientas después de muchos años les seguía hablando de usted. Nunca me gustó el tú.

¿En qué estilo se incluiría?

Clásico. En un estilo que reflejaba mi admiración por grandes como Pertegaz,  Balenciaga o Dior. Siempre fui fiel a lo clásico.

¿En que tipo de personas confió para formar su equipo?

Bueno, ahora mucha gente tiene a personas con mucho tiempo de prueba. Yo metía a gente que a lo mejor no tenía mucha formación, pero que en seguida se ponían a coser divinamente. Si le aconsejabas bien y le decías cómo había que picar un cuello o forrar una prenda con voluntad aprendían muy rápido. Si hay gente grande es porque tiene detrás un taller con grandes profesionales. No me gusta cuando un diseñador dice “yo bordo, yo hago, yo corto”… Tú diseñas y llevas un taller y con eso tienes bastante y pagarles bien para que nunca se te vayan si te interesan. Primero pagas el local, a los proveedores y tus empleados y lo poco que sobra es lo tuyo.

¿Qué materiales no podían faltar en su taller?

Los buenos materiales… Yo creo que desde la aguja, el dedal, el jaboncillo y el metro, que es el comienzo, a las buenas telas. Los buenos tejidos son muy importantes. Todavía hay trajes míos por ahí, después de treinta y cinco años, que se siguen poniendo y quedan de maravilla. Siguen teniendo apresto. El buen picado, la buena prueba… todos los procesos mimarlos.

¿Cómo vive el descanso del guerrero?

¿Lo digo? Con nostalgia y cada día que pasa más. (Largo silencio).

La gente le quiere y mucho...

Sí y lo sé pero mi mundo entonces era distinto. El ir y venir, el trato con los clientes que, más que clientes, eran familia. La gente me sigue recordando. Me gustaría escribir antes de que me vaya un libro que se llamase “Lo que dejé de hacer”. Son muchas cosas las que me dejé en el tintero. Me gustaría que se hiciese un Museo del Traje en Sevilla por ejemplo al que donaría todos mis trajes. Todos mis diseños hasta este último que he hecho mientras hacemos la entrevista lo donaría.

¡Qué arte!

Me retiré mayor porque pensé que no tenía ya fuerza para estar todo el tiempo subiendo y bajando de Madrid a Sevilla. Parece que no, pero los años se cumplen. Me matriculé en Bellas Artes, pinto piedras que tengo una colección de cerca de quinientas piedras con personajes y flamencas…

¿Cuál es la mujer perfecta?

Mi mujer perfecta fue Manuela Vargas. La mujer más perfecta, con más fuerza y elegante que conocí. Personalidades he tenido miles pero no las puedo nombrar. La elegancia innata era ella.

¿Qué es la elegancia?

Algo con lo que se nace. Naty Abascal y Ana Mari Abascal. Son elegantes. No porque lleven un Valentino, sino porque son de condición elegantes. Patricia Medina, la hija de Anamari Abascal, es lo más en Sevilla. Ser prudente y la miopía es muy elegante. Hacen la mirada muy profunda. La elegancia no lo da una prenda. Saber sentarse es muy importante y comer poco en los sitios en el caso de las señoras. Las señoras tienen que dejar el plato a la mitad, en los señores no importa tanto, pero una señora no puede estar todo el tiempo comiendo. Tiene que tener tiempo para hablar. Manuela Vargas era una bailaora elegante. Cuando iba a comer conmigo iba comida de casa para no terminar el plato. A veces por no saber coger los cubiertos o por lo que sea, siendo humilde jamás metió la pata. Al ser prudente salía al paso de todas las situaciones. El segundo plano ayuda porque nadie es nadie.

¿Qué distingue un trabajo de telas a lo que llamamos vestido de una creación con consideración de alta costura?

El patronaje, las pruebas y hasta la cuarta, que casen los cuadros, como la chaqueta que llevas puesta, las entretelas bien puestas… No hay tallas perfectas, ni la 36 ni la 42, la alta costura corrige la pequeña falta que todos tenemos, sea la talla que sea. Los bajos bien hechos. Yo, cuando veo los bajos en trajes, sé hasta la tijera que han usado. En la alta costura se usan paños para apoyar los tejidos que se están cosiendo, se lavan las manos entre pruebas para no estropear las telas… Claro, por toda esa dedicación un traje de alta costura era carísimo.

¿Por qué se quedó en Sevilla?

Porque en Sevilla nací, crecí, me eduqué y Sevilla siempre ha sido mi inspiración. Venía continuamente, viviendo en Madrid. Sevilla siempre Sevilla. Todo el mundo le puso Sevilla a sus colecciones después. En Sevilla quiero morir. 

¿Se siente satisfecho con su carrera?

Sí, pero me falta todavía mucho por hacer y me da pena no haber podido continuar. Los años sin saber por qué cortan. Quizás un taller da muchos problemas, también muchas satisfacciones, pero todo lo que él conlleva requiere de mucha dedicación y, sobre todo, teniendo tantos empleados como yo tenía. La juventud hoy no quiere aprender a coser y era muy difícil esa lucha.

¿Tiene una receta para ser feliz?

Ser buena persona. No hablar mal de nadie. Siempre en segundo plano, porque estando en primer plano se pasan muchos sinsabores y envidias.

Cuando pasen muchos años y falte, ¿cómo le gustaría que le recordasen?

Quiero que en mi lápida ponga sólo “Toni Benítez” con mi fecha de nacimiento y con la otra fecha. No quiero que me quemen por favor. Como pongan Antonio Benítez no me conocerá ni el que haga la lápida (risas).
 
Perfil:

¿Un libro?

No he leído muchos libros pero ahora sí tengo tiempo para mí. Estoy leyendo “Entre Costuras”. Me gustan los libros de arte y de moda. 

¿Una película?

“Murieron con las botas puestas” (Raoul Walsh, 1941). La vi con ocho años en el Cine Rialto de Sevilla y fui hasta tres veces a verla porque me gustó tanto… Y “Lo que el viento se llevó” como para todo el mundo.

¿Un plato?

El gazpacho.

¿Un lugar?

Sevilla.

¿Una ciudad?

París.

¿Un momento del día?

Por la mañana, al amanecer, cuando veo la luz.

¿Un momento de su vida?

Tengo muchos como para escribir un libro, aunque seguramente sean más interesantes los que no cuente en él (risas).

¿Un día del año?

El 17 de febrero, mi cumpleaños.

¿Una pasión?

El flamenco. Yo nací viendo flamenco, por eso cuando empecé haciendo trajes de flamenca sabía las dimensiones que debían llevar de piernas y brazos… Si sabes de flamenco sabes hacerlo adaptándolos a las seguirillas, a los tarantos, a las soleares, a las peteneras…

¿Una afición?

La pintura y siempre he sido un obseso comprando y he coleccionado de todo. Todo me gusta porque todo me viene bien. No me gusta tirar nada. 

¿Una canción?  

Hay una canción que de pequeño me encantaba “Bésame” y “Toda una vida”, de Machín, que fue el nombre que le puse a mi última colección.  Yo lo conocí a él en el Líbano, en La Palmera sevillana (Tararea).

¿Una manía?

Tengo un desorden ordenado en mi casa. Sé donde está todo. Cuando me lo limpian y ordenan no encuentro nada, y no me gusta tirar nada.

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