Entrevista a los Marqueses de Pickman

Marqueses de Pickman

El sueño de un ilustrado

Se exprimen cuatro limones hasta sacarles todo el zumo, se le añaden dos cucharadas soperas de sacarina líquida y la mezcla se vierte en dos litros de agua y se deja enfriar. Por las tardes es lo que se bebe en la casa de los Marqueses de Pickman, un edificio singular en pleno barrio de Santa Cruz, regado por los palmerales del Alcázar y las fuentes de los Jardines de Murillo. Sus inquilinos son Carlos Felipe de Vasconcellos y Pickman y Mercedes Sánchez-Trillo Muñoz, séptima generación en ostentar el título creado por el Rey Amadeo I para reconocer la valía empresarial de Carlos Pickman Jones, I Marqués de Pickman, que había contribuido al tejido industrial de la Sevilla del XIX con la fundación de la fábrica de loza fina de La Cartuja en 1841.

Esa Sevilla que empezaba a ser refinada en la mesa gracias a la importación del gusto inglés por la cerámica y la porcelana, vio desembarcar en aquel tiempo a un buen puñado de rubicundos ingleses de ojos azulados que conformarían la primera cuadrilla de trabajo de la fábrica. Después, tuvieron que tirar de la mano de obra local porque parece que los ingleses se dejaron llevar por las cervantinas tabernas del arrabal vecino.

“Con lo que ganaban en un día, podían estar bebiendo en Triana un mes y así bajó la productividad”, comenta el Marqués. “Ellos estaban acostumbrados a la cerveza y en las tabernas de Triana, lo que se bebía era vino”.

Faltaban algunas décadas para que se fundara la Cruzcampo y en los mostradores de las tabernas lo que servía era un vino que se subía a la cabeza con la misma rapidez que adormecía al proletariado inglés.

Triana, en efecto, era el barrio de la fábrica, establecido en el Monasterio de La Cartuja. “Mi abuelo nació en la misma Cartuja y lo bautizaron en la Parroquia de Santa Ana”. Incluso Pickman vivió en el 91 de la calle Pureza, al calor del humo de las chimeneas de los alfares que poblaban el barrio.

Luego, la fábrica de loza se desnaturalizó. Comenzaron a entrar nuevos capitales del exterior que arrinconaron el romanticismo con el que Pickman había arrancado el proyecto. Desde entonces han sobrevenido etapas de dificultades. “La empresa se convirtió en una moneda de cambio para los empresarios que la compraban”, asegura Carlos Felipe de Vasconcellos y Pickman. “Pero los trabajadores siempre estuvieron agradecidos a los Pickman. De hecho, en una de sus últimas protestas por el mantenimiento de la empresa me pidieron que yo fuera su presidente”.

La casa: Un palacio renacentista en pleno barrio de Santa Cruz

Los actuales Marqueses de Pickman viven entre los números 19 y 21 de la calle Lope de Rueda, junto a la Plaza de Alfaro. La casa, en sí, es una postal. Un cuadro de esos que se llevan los extranjeros para regalar a los suyos un pedacito de Sevilla. Los turistas se detienen en la fachada, pronto, quizás, sea toda visitable aunque la casa no es un monumento sino un hogar. Un edificio habitado y vivido en su veintena de estancias repartidas en salones, dormitorios y patios.

La casa es, como el propio barrio de Santa Cruz, un añadido a la ciudad que basa su edificación en la propia historia de Sevilla con unas dosis de buen gusto que sus herederos han sabido conservar sin alterar.

La proyecta Carlos Pickman, abuelo del actual Marqués. Un hombre que, tras recorrer América con 22 años y ser delegado de una empresa de aceitunas de mesa, volcó buena parte de su fortuna en levantar una casa de ensueño.

Recibe al visitante una extraordinaria portada plateresca procedente del Palacio de los Aranda, de Úbeda, con columnas corintias, escudos de armas y cabezas en relieve. La fachada huele al arquitecto Andrés de Vandelvira o a alguno de los aventajados discípulos que sembraron las fértiles tierras de Úbeda o Baeza de casas palaciegas que recuerdan a la que estamos visitando.

“En origen era una casita del siglo XVII que mi abuelo respetó. En los años 20 adquirió un corralón que había detrás, donde vivieron artesanos. En el espacio del corralón instaló pieza a pieza un patio renacentista que perteneció al Palacio de los Condes de Quintería de Andújar”, explica el Marqués de Pickman.

Habría que trasladarse a aquellas primeras décadas de los años 30. Suponía toda una obra faraónica trasladar, pieza a pieza y numeradas, las distintas piedras que conformaban el doble patio con sus arquerías desmontadas y sus columnas toscanas.

De los artesonados a las complejas rejerías la casa es una exhibición de inteligencia por parte de quien la manda construir, que aprovechó el desinterés de muchos por el patrimonio para adquirir a precio de saldo elementos decorativos para embellecerla. “Primero vinieron las puertas y luego las paredes”, recuerda el Marqués, y, en efecto, su abuelo Carlos Pickman se garantizó comprar puertas del XVII y XVIII para construir las paredes en función de éstas. “Era un erudito del arte con un gran poder adquisitivo”.  Dicho de otro modo, un ilustrado en mitad de una sociedad apagada.

La sobriedad y elegancia de la arquitectura renacentista se entremezcla con la gracia popular de la cerámica de Triana. Todo el perímetro de las galerías que cobijan los arcos están salpicados de retazos de azulejos de distinta procedencia donde se mezclan escenas de montería, de la Pasión, santos o tauromaquias. Pinturas de autores de primera línea y una interesante colección de piezas romanas y medievales completan el continente de esta casa-palacio cuya rehabilitación llegó a ser alabada por la Academia de Bellas Artes.

Si hubiera un incendio, ¿qué objeto salvarían? El Marqués de Pickman no tiene duda que la mayor pieza que custodia tiene un valor sentimental muy por encima del material. Se trata del retrato que el pintor costumbrista López Cabrera hizo a su madre vestida de amazona y que se encuentra en la sala de estar. Mercedes, su esposa socorrería su colección de mantillas y mantones de manila porque “representan a mi país y a mi ciudad”, asegura.  Teoría distinta tiene la hija de ambos, Carolina, que está segura que su madre “salvaría lo que le diera tiempo y después ardería con el resto de cosas que no se pudieran salvar”, ironiza.

El hogar: La vida entre los muros

Además de la familia, la casa la habitan cuatro mascotas (dos perros y dos gatos). Todos ellos campan con libertad  con los mismos derechos que cualquiera de sus propietarios. Liry, Borby Yesca y Rata son los adoptados miembros que los Pickman recogieron de la calle para tenerlos a cuerpo de Rey. Liry es la perrita que quiere salir en todas las fotografías y que continuamente irrumpe en las manos del periodista para buscar una caricia. Yesca es una preciosa gata que en otra vida debió ser trapecista a tenor de la habilidad por la que marinea por la balconada de la galería superior o la destreza con la que salta de bargueño en bargueño.

Por una de las ventanas que da a la calle Lope de Rueda entra el viento con intensa frescura – por algo los árabes hacían las calles estrechas – moviendo las hojas de varios de los miles de libros que atesora el Marqués. “Hay habitaciones que ni pueden abrirse de la cantidad de libros que tenemos. De vez en cuando, llamo a colegios o bibliotecas y hacemos donaciones”, comenta Mercedes.

En cierta medida, la lectura es una de las pasiones de  Carlos de Vasconcellos y Pickman. Es un intrépido lector, un hombre culto al que le duele la decadencia de la ciudad. “El barrio está distorsionado con tanto restaurante. Sólo en Mateos Gago hay diecinueve bares”. Tiene contado los negocios de hostelería como las casas históricas que se ha llevado por delante el tiempo. “Desde el año 40 se han tirado más de quinientas casas. Una vergüenza. Sevilla es de las ciudades más destruidas del mundo en tiempos de paz, para desgracia de todos nosotros. Varsovia fue arrasada en su día y vas ahora y parece que estás en pleno siglo XVIII. Fueron capaces de reconstruirlo todo, al revés que en Sevilla”, sentencia.

Cuando está en la ciudad, el Marqués no falta un solo viernes del año a los pies del Gran Poder. “La fe es un gran pilar de mi vida”, reconoce el que ha sido nazareno de los Estudiantes y hermano de Montserrat.

Su esposa, sin embargo, inclina sus devociones a la Pastora de Cantillana aunque lamenta estar privada de ir a su procesión del 8 de septiembre porque ese día tiene su particular cita con Chipiona y la Virgen de Regla. Su familia descubrió aquellas tierras a mediados del siglo XIX. Sus viñas, su pesca, sus playas están evocadas en la decena de antiguas pinturas que de aquel lugar cuelgan de las paredes de la casa. “Me han dicho que esta es la casa que tiene la mayor colección de pinturas de Chipiona”, comenta Mercedes.

La Marquesa de Pickman, como toda Chipiona, es una enamorada de la flor. Del colorido de los geranios, la elegancia de las rosas y lo exótico de los jazmines y la dama de noche. “Sevilla no sería lo mismo sin sus fragancias”, dice. Por eso se ha encargado de que la casa tenga sus rincones plagados de macetas que ella misma cuida y siembra.

El matrimonio trabaja desde casa. Administran los campos de cereal que tienen entre Alcalá de Guadaíra y Dos Hermanas y otro que produce corcho en el Alentejo portugués. Allí pasan largas temporadas, mirando los 200 kilómetros de playa que separan Setúbal del Cabo de San Vicente, dejándose llevar por el bostezo del viento.

El resto del tiempo transcurre en su casa sevillana. Un lugar que “te atrapa”, como confiesan sus dueños. Un palacio que rezuma el renacimiento en la piedra y la sevillanía en quienes lo habitan. Un espacio ajeno a los males endémicos de la piqueta sevillana y que sigue vivo a pesar del tiempo, bucólico, con la misma cadencia de un fado.

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