“De un tiempo a esta parte, casi todo ofende”
Que cada uno piense como le dé la gana. En este punto podría acabar la carta de este mes de esta revista que narra la cara amable de la sociedad andaluza, principalmente de Sevilla. De un tiempo a esta parte, casi todo ofende. No sé si comparte esta impresión, pero cada vez con más frecuencia tengo que soltar una parrafada argumental, antes de expresar mi opinión, para poner entendimiento y empatía en cada afirmación que quiero manifestar. Casi todo está prohibido pensar o atañe a un sector social presto a rasgarse las vestiduras con el enfado detrás de la oreja. Creo que no hay nada más fascista, palabra muy a mano de la “progresía” exaltada y de pancarta, que el pensamiento único. Desde la oficialidad, desde los medios de comunicación y los líderes de nuestro tiempo nos dicen y casi exigen que se piense con una serie de argumentos. Si uno osa a salirse del discurso de moda, no tarda en ser tachado, condenado, agredido verbalmente y reprochado por los pseudo maestros de la moral 2.0. El lenguaje inclusivo, el dislate medioambiental y el lenguaje empoderado de género, sostenible y diverso nos hace, a día de hoy, estar en un mundo que persigue el hombre de pensamiento único. Yo soy católico y puedo comprender la existencia de los ateos o agnósticos. Lo que no puedo es estar continuamente justificando mi condición de creyente practicante. Lo mismo pasa con el mundo político. Tengo amigos de todos los colores y cuando hay confianza en una reunión donde se puede hablar de política, tradicionalmente de mal gusto, son los abanderados del progreso los más intransigentes paradójicamente en la forma de afrontar una discusión. De mi afición a los toros mejor pasar de puntillas y tengo que entender a quien se siente un conejo o una lechuga, que lo respeto, aunque no entiendo. La crítica, si me apuran, llega más de los propios conservadores con los políticos de la derecha que al contrario. Conozco a ultraconservadores de libro respetuosos de corazón con personas en las antípodas intelectuales. Eso es plausible. Tanto como a la inversa. El mundo no está ya en la derecha y en la izquierda. Ni el maniqueo pensamiento de villa arriba y villa abajo. Los subordinados y los que someten en el sistema injusto y despiadado que todo corrompe. Conozco a socialistas de corazón, con una posición acomodada y unas tendencias que se supone que buscan el progreso social y de todos, poco comprometidos con los más vulnerables. Si yo estoy en contra de la eutanasia o del aborto es tan respetable como quien lo considera un derecho. ¿Quién debería imponerme lo contrario? Precisamente, en esa libertad debemos gastar nuestros días, siendo consecuentes y respetando los límites de nuestra condición de hombres y mujeres libres que acaba con la libertad del que se tiene en frente.
“El dinero de todos no puede estar al servicio de la propaganda de algunos”
“Cada vez con más frecuencia tengo que soltar una parrafada argumental antes de expresar mi opinión para poner entendimiento y empatía en cada afirmación que quiero manifestar”
Hoy hay que repudiar una serie de tendencias políticas, sociales, religiosas, filosóficas o aficiones, sino estamos condenándonos a vernos orillados socialmente. Cada uno en su capacidad cognitiva y libertad de pensamiento que crea lo que considere y le nazca, invitando en todo caso a leer más y escuchar a personas discordantes que nos puedan dar una visión opuesta a la nuestra. En la carrera nos obligaban a leer periódicos no afines a nuestra manera de pensar. Era muy enriquecedor y, aunque por lo general acabáramos manteniéndonos en esencia en nuestro punto de partida ideológico, veíamos matices en todo. Solo por el hecho de oxigenar nuestros argumentos, pero que cada uno se mantenga firme o torne sus opiniones como le venga en ganas, mientras no se use para imponer ideas la violencia, la falta de respeto de todas las maneras de serlo y, mucho menos, el erario público. El dinero de todos no puede estar al servicio de la propaganda de algunos, porque eso sí que me recuerda a episodios más tristes de nuestra historia común contemporánea, donde una minoría decidía lo que debía pensar la colectividad. Recuerdo, con cierta nostalgia, mi segundo viaje a Venecia. A ambos lados de mi asiento en la cena de la primera noche tenía a Pedro Zerolo y a la nietísima Carmen Martínez-Bordiú. Dos ejemplos de seres libres, respetuosos y grandes personas llenos de valores. Cada uno desde el prisma que les tocó en la vida. Ese es el punto, como diría el inolvidable Jesús Quintero del que aprendí muchísimo. Sobre todo, a entender hasta la sinrazón de un loco de la colina genial, que tenía conversación con cardenales y presos, prostitutas y presidentes del gobierno o banqueros. Ese era el punto y esa es la ausencia que veo en cuarto creciente en la sociedad de hoy. Hoy todo es machismo, fascismo y retrógrado en cuanto uno se desmarca de lo que un sector minoritario que maneja los temas en los que hay que enfocar a la masa, a través de los medios de comunicación y de las redes sociales. Esta tribuna libre, donde vacío mi pensamiento y manifiesto lo que me da la soberana gana, quería dedicarla precisamente a invitar a ser libres. Respeto y libertad de pensamiento. Hasta el grado de comprender a quienes defienden argumentos antagónicos del calibre o naturaleza que sea. Solo los derechos humanos y la dignidad del hombre y de la mujer pueden ser el límite, pero cada uno entiende la dignidad, como la legalidad o la justicia de una forma matizada. Intentar no hacer daño, ser buenos ciudadanos y comprometidos en el grado que sintamos con nuestro entorno natural, familiar y social puede ser una base. Pero que nadie la imponga como adalid del ciudadano ejemplar. En ese ejercicio de civismo y respeto debemos trabajar todos, incluido yo. No podemos pretender que el complejo ser humano tenga un código único, un mensaje único y una única naturaleza intelectual. Por eso, y como decía al principio, que cada uno piense lo que le dé la gana. Hoy, y en una sociedad oficialmente libre, se antoja una provocación la libertad de quien se expresa como siente, en el sentido que siente y a riesgo de no gustar a los demás. El alma no debe perder su autenticidad.