Bienvenido a Revista Escaparate

Todo es de color

Mario Niebla del Toro Carrión.

Director de la Revista Escaparate        

“No podemos vivir en la lucha constante como abogado de las causas perdidas, capitanes Alatriste de vaqueros y camiseta, sin Tercios, ni Flandes”

Pocas cosas hay más sugerentes para la reflexión que una caliente taza de té, en el confort de nuestro hogar, viendo la vida pasar a través del cristal frío que nos muestra el mundo exterior. Una buena música de fondo, algo de incienso ardiendo, acicalando el ambiente de un aire místico que torna la prisa en calma, en sosiego, en serenidad, tan escasa como necesaria. Es en ese ambiente en el que redacto estas palabras siempre repletas de vida que galopan por estas torpes líneas con las que cada mes le invito a sentarse a mi lado para digerir con perspectiva lo que hacemos y sentimos con nuestros actos, con nuestro momento vital, con nuestra vida en definitiva. Se me antoja demasiado evidente y de una pereza de suicidio colectivo hablar de la situación política que vivimos en España, cuanto menos preocupante, donde la crisis de valores reina en la vida pública y campa a sus anchas en los medios para vergüenza de los que pensarán y valorarán a nuestra sociedad, herederos de ella, cuando el tiempo haga su juicio de valor con la objetividad de la distancia. Esta carta la quiero alejar de esa fealdad oficial que me roba la paz, mengua la belleza anímica y diminuta y dinamita nuestra buena actitud. Como decía la canción Todo es de Color del mítico dueto flamenco revolucionario que formó Lole y Manuel: “De lo que pasa en el mundo, ¡por Dios! Que no entiendo ná. El cardo siempre gritando y la flor siempre callá. Que grite la flor y que se calle el cardo y to aquel que sea mi enemigo que sea mi hermano”. Permítame mirar hacia otro lado, como un inconsciente, como un loco hambriento de buenas noticias de telediario vespertino, que espera ilusionado las novedades en deporte, con caso omiso a la economía y a la manida política territorial. Es cierto que con el paso de los años uno se acaba volviendo más práctico, si tiene aunque sea un aprobado raso en segundo de sentido común. Pero es tan certero para nuestro bienestar adoptar esa posición como que debemos llegar al equilibrio entre ser prácticos, funcionales, con ser auténticos. Un amigo sacerdote me dijo en una ocasión que el demonio susurra a los oídos, como sin importancia, y debemos estar alerta para no renunciar a nosotros mismos, a nuestros valores, al honor, a la palabra tan cotizada en otros tiempos. Prácticos porque no podemos vivir en la lucha constante como abogado de las causas perdidas, capitanes Alatriste de vaqueros y camiseta, sin Tercios, ni Flandes. Así no se podría ser feliz, desde luego. En ese equilibrio debemos avanzar y aprovechar estas tardes de noche tempranera y de frío castellano para meditar y replantearnos las fórmulas que llevamos a cabo, para que no haya merma en nuestra autenticidad, arrastrados por la corriente relativista de la masa de todo a cien, mujeres, hombres y viceversa. Cualquier travesía por larga que sea comenzó en algún lugar y ese punto es en el que se encuentra cobijado en este instante, en el despeño de las horas de esta tarde de castañas, oloroso generoso y brasero candente que atrapa a la tropa. Pronto en esta tierra de vísperas despertaremos del letargo del invierno pero, ¡ojo!, no tenga prisa y goce de este tiempo glacial que es tan positivo para alienarnos con nosotros mismos y crecer personalmente en el aprendizaje de la vida hasta conquistarla con sus rosas que gritan y sus espinas que se alzan amotinadas. Empleemos este tiempo de chimeneas flamígeras para bailar en torno a ellas, desnudos incluso, para ver el reflejo de lo que somos en las paredes blancas de nuestra sinceridad. Una sociedad que baila tiene unos habitantes felices. Embriaguémonos de vino, pero también de poesía o de virtud, pero embriaguémonos para soportar el peso horrible del tiempo, que nos quiebra las espaldas y nos inclina hacia el suelo. Hagamos de este tiempo idílico de intromisión ese caldo de cultivo en la búsqueda de nosotros mismos, del hallazgo con nuestra versión más fiel, instrumentado en la visión razonablemente práctica que nos hace fácil la convivencia con los demás y con nosotros en esta selva de alquitrán en la que gastamos los días y derrochamos las noches.